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PIFUCIO Y EL TOMATE

Sergio Samoilovich (Escritor Argentino)

Resulta que Pifucio era un nene un poco raro. No le gustaban las golosinas, pero le encantaba la sopa.

 
 
 

Resulta que Pifucio era un nene un poco raro. No le gustaban las golosinas, pero le encantaba la sopa. Le ponía dulce de leche a las milanesas, y sal a la leche chocolatada. Le gustaban las verduras y no la carne.

No le gustaba tirarse a la pileta de lona, pero sí bañarse y lavarse las orejas. Cuando dormía ponía los pies en la almohada y la cabeza en el colchón. Un día se equivocó y se puso la campera del papá como pantalón, y no se dio cuenta en un rato largo.

Un día, Pifucio se hizo amigo de un... tomate. Estaba sentado en el piso jugando con el tomate, haciéndolo rodar y girar, mirándolo y pasándolo de una mano a otra.

La mamá le preguntó que hacía, y él le dijo:

– Juego con mi amigo Tomate, mamá.

– ¿Y cómo podés ser amigo de un tomate? ¿No ves que no habla y no se mueve? – dijo la mamá.

– ¿Y que importa? ¿No puedo quererlo igual? – protestó Pifucio.

– Es que los niños no son amigos de las cosas – respondió la mamá. Son amigos de otros niños, de algunas personas grandes, de un perrito o un gatito. Pero de un tomate... es de lo más raro.

Pifucio se quedó pensando un rato. Un amigo suyo decía que era amigo del Superman de la tele, otro era amigo de un oso de peluche, y otro de una nena de tercer grado. ¿Entonces, qué tenía de raro un tomate?

Esa noche Pifucio se llevó el tomate a la cama, y durmió con él. Ocupaba mucho menos lugar que el oso, y ya tenía bastante olorcito a tomate.

Durante el día la mamá insistió en guardarlo en la heladera, y Pifucio lo envolvió en una servilleta para que no tuviera frío.

Pero el tomate estaba bastante blandito, se puso negro en un costado y le salió una pelusita blanca en la panza.

Pifucio se preocupó y le pidió a la mamá que llamara al doctor.

– No hay doctor de tomates – le respondió la mamá.

– Entonces llamá al veterinario – pidió Pifucio.

– No hay veterinario de tomates – dijo la mamá.

– Entonces al verdulero – insistió Pifucio.

– Los verduleros no hacen visitas a la casa de la gente como los doctores. – explicó la mamá.

Entonces la mamá lo sentó en la mesa y le contó que su tomate se estaba pudriendo, y que eso es lo que le pasa a todos los tomates, y que había que tirarlo a la basura, y que si seguía diciendo que el tomate era su amigo estaba loquito.

Pifucio lloró un poco, y aceptó que su mamá tenía razón.

Al día siguiente fue a abrir la heladera para ver de que otra verdura se podía hacer amigo. Pero la mamá se adelantó, y antes de que Pifucio se hiciera amigo de nada, lo llevó a la plaza.

Allí jugó un rato largo en el arenero, y al final se hizo amigo de... un baldecito de plástico. Y también de una... palita. Y de un... rastrillo. Pero también de la dueña de las tres cosas, que era una nena muy simpática.

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