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EN LA LUNA (de "Oliverio Junta Preguntas")

Autora: Silvia Schujer

Si se la ve solamente de noche... ¿cómo se hace para viajar a la Luna de día? - Oliverio tomó asiento. Sacó lo imprescindible de la mochila y la colocó a su costado.

 
 
 

Oprimió el botón de despegue y sintió que todo su cuerpo comenzaba a elevarse. Lentamente. Lentamente, al principio.

En pocos minutos, los ruidos y las voces conocidas empezaron a bajar el volumen hasta perderse por completo.

Las cosas y las personas fueron disminuyendo su tamaño hasta convertirse en hormigas y, en seguida, desaparecer.

Oliverio abrió la carpeta y anotó: "Despegue sin problemas", "Primer tiempo de vuelo silencioso".

Un rayo de luz calentito y amarillo se coló por la ventana.

Oliverio giró apenas la cabeza y, ante sus ojos, el espacio infinito llenó completamente su atención.

Después de comprobar que no era oscuro, el universo luminoso le permitió divisar los paisajes con lujo de detalles: estrellas apagadas por la luz del día, planetoides blancos alineados sobre un gran espejo verde.

Oliverio anotó en la carpeta: "Las luces del espacio se meten por la ventana", "Algo verde se ve en el frente".

De pronto, el chirrido de una puerta rompió el silencio bruscamente. Antes de reaccionar, Oliverio creyó escuchar un sonido distorsionado diciendo: AQUIESTAELBORRADOR. Una voz lejana metiéndose por alguna ranura de la nave en cámara lenta.

Preocupado, estiró la mano para comprobar que su cápsula estuviera herméticamente cerrada. Y cuando volvió su mirada hacia el frente, una nube de polvo cubría los planetoides blancos. Al cabo de unos segundos, reaparecería la brillante superficie verde del frente.

Oliverio escribió en su carpeta: "Los planetoides desaparecieron tras una nube de polvo".

El tiempo se fue volviendo más lento. Más gelatinoso.

Oliverio apretó el botón para acelerar la velocidad de su viaje y una sucesión de imágenes desfiló ante su vista como los cuadros de una película.

Al principio, una suelta de colores desbordó de sus pantallas de control.

Planetas con forma de manzanas y alfajores fueron quedando atrás a su paso.

Oliverio creyó ver entre el desorden de imágenes otros claros planetoides desparramados sobre el espejo verde del frente.

Atravesando una larga extensión cósmica, reconoció a Esteban y a otros cinco compañeros saludándolo desde el espacio infinito. Caminando por la inmensidad del universo. Perdidos y sonrientes como él.

Hasta que una voz se internó como una aguja en sus oídos.

—¡Oliverio! —sonó metálicamente.

Asustado por el extraño zumbido, Oliverio aumentó la velocidad y por fin pudo divisar la superficie de la luna. Blanca como la leche.

Tan nítidamente la vio ir tomando forma, que, por un momento, tuvo la sensación de que no era él quien se acercaba a la Luna, sino que la luna se arrimaba a él.

—¡Oliverio! ¡Oliverio! —volvió a sonar en la nave como si alguien lo llamara desde adentro.

Decidido a no interrumpir su travesía a pesar del miedo (porque tenía miedo), Oliverio oprimió el botón de llegada urgentemente.

Con cierta emoción comprobó que las rueditas se asomaban por la base de la nave.

—¡Oliverio! —sonó estruendosamente.

Y procedió al alunizaje. Tranquilo, con la suavidad de un bostezo nocturno, para no cometer errores.

Se colocó el casco. Esperó que el motor detuviera su marcha por completo y entonces se puso de pie.

—¡La Luna! —pensó Oliverio-. ¡La Luna!

Y la vio toda de blanco con sus cráteres inconfundible, los banderines, los selenitas y las selenitas haciéndole señas de bienvenida.

—¡Oliverio! —sonó casi al borde de su nariz.

Y Oliverio, maravillado, abrió la puerta y, apenas apoyó un pie sobre la superficie, recibió sorprendido el encuentro.

—¿Me puede decir dónde estaba, señor? —preguntó la maestra.

—-En la Luna —respondió Oliverio con toda sinceridad. Y la boca se le quedó un poco abierta. Seguramente por los recuerdos.

—Repita lo que yo estaba explicando —dijo la maestra.

—¿Cómo? —preguntó Oliverio.

—¿Me puede decir dónde estaba "el señor" mientras yo explicaba?

—En la Luna —aseguró Oliverio.

Y entonces la maestra agarró la carpeta y se puso a escribir una nota a los padres.

Cuando Oliverio llegó a su casa, se sentó a comer y...

-¿Qué tal, Oli? ¿Cómo te fue en el colegio? -le preguntó su mamá.

—Me pusieron una mala nota por no prestar atención — respondió.

—¡Pero qué chico! —dijo la mamá—. ¡Siempre en la Luna! —agregó enojada. Pero se quedó dura cuando sin saber ella por qué, Oliverio le dio un beso, un abrazo y le dijo: —No importa mamucha. Por suerte vos me creés.

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