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EL BOSQUE ENCANTADO

Por cortesía de James Waldroup - Traducción: Orly Borges

Había una vez un niño llamado Omar Canelo que vivía con su niñera en un bosque encantado.

 
 
 

Todos los días Omar jugaba junto al arroyo buscando piedras relucientes y otras pequeñeces que colocaba en una bolsita de cuero que había encontrado flotando en las aguas del arroyo.

La mayor parte del tiempo, Omar jugaba solo. En algunas oportunidades parecía estar jugando con otros niños a quienes sólo él podía ver. Ingresaba y salía del grupo de árboles que crecían cerca del borde del arroyo, luego daba vueltas alrededor de la roca grande cercana al arroyo como si tratara de atrapar a alguien. Corría y esquivaba y se daba vuelta y gritaba como si estuviera tratando de mantenerse lejos de sus amigos invisibles.

Cuando Omar entraba para almorzar, lo primero que hacía era ir a su habitación y colocar las piedras relucientes y los objetos que había juntado dentro de una caja de zapatos que ocultaba en su armario. Durante el almuerzo, Omar y su familia se sentaban a la gran mesa de madera que su abuelo había hecho muchos años atrás. Las sillas le parecían tan altas que subirse a una de ellas para almorzar era casi como treparse a un árbol.

La familia de Omar no tenía mucho. Su almuerzo consistía en un trozo de pan, una feta de queso y un vaso de leche fría refrescada en el manantial. Justamente allí se colocaba la leche después de que su niñera ordeñaba a la única vaca que su familia poseía. Omar le puso de nombre Ferdinando, como el toro que vio en un anuncio durante una de los paseos familiares al pequeño pueblo. No iban al pueblo muy a menudo. Quedaba a doce kilómetros bajando por la corriente del arroyo.

Antes de empezar con su almuerzo, Omar separaba tres trocitos de pan y tres trocitos de queso y los colocaba dentro de la bolsita de cuero. Finalmente guardaba la bolsita en el bolsillo. Su niñera consideraba esto bastante raro, pero la niñera ya estaba acostumbrada a las muchas cosas extrañas que Omar hacía. La niñera le había preguntado a Omar que hacía con el pan y el queso. Y Omar simplemente respondía, "Tengo que llevarle el almuerzo a mis amigos".

Después de almorzar Omar salía corriendo de la casa como disparado por un cañón. Corría hacia la orilla del arroyo y saltaba la roca grande. Sacaba su pañuelo y lo desplegaba prolijamente en la cima de la roca. Luego, Omar extraía la bolsita de cuero del bolsillo y colocaba el pan y el queso sobre el pañuelo. Un trozo de pan, un trozo de queso, un trozo de pan, un trozo de queso, un trozo de pan, un trozo de queso. Y reposaba un rato sentado para dar tiempo a sus amigos a que comieran el almuerzo. Apenas sus amigos terminaban, Omar doblaba prolijamente el pañuelo, lo colocaba en su bolsita y recién entonces salía a correr y jugar.

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