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BERNI

Mira Lobe

Caminaban por el sendero de elefantes a través de la jungla...

 
 
 

Delante iban un par de tías elefantas; en medio, los niños; y detrás, otro par de tías elefantas.

Berni caminaba un poco apartado; pellizcando una hoja aquí, otra allá,y de buena gana hubiera cogido un plátano. Pero con su pequeña trompa no llegaba tan alto. Lo intentó una y otra vez
y se fue quedando cada vez más atrás.

De repente se encontró solo. Ya no veía el sendero de elefantes, ni el rabo de las elefantas que iban detrás. Ya no veía nada, sólo bosque por todas partes. Berni se asustó. Pero no mucho. «Ya los encontraré», pensó, y salió trotando.

Tropezó con las raíces, escaló árboles derrumbados y se enredó en las verdes zarzas y lianas que colgaban
de la copa de los árboles. Arriba saltaban los monos de rama en rama.
–¡Yúuuju! –llamó Berni–
¿Habéis visto mi manada?
–¿Qué quiere éste?
–¡Ni idea!
–¡Yo no he visto nada!

Los monos no hacían más que chillar, y, encima, le tiraron unas cáscaras de plátano a la cabeza. El elefantito
preguntó a los demás animales.
–¡Qué tonto! ¡Déjanos en paz! –le decían.
 
Berni preguntó al ratón y a la tortuga. Preguntó a la pantera y al papagayo. Preguntó al perezoso y a la gran serpiente. Pero nadie le ayudó. Nadie sabía dónde estaba la manada.

De repente, aguzó los oídos: cerca se oía correr el agua.«¿Será el río? ¿Será el manantial?». Berni corrió hacia allá.

El suelo se volvió blando y cuesta abajo. Y Berni llevaba tal impulso que ya no pudo parar. Resbalaron sus cuatro patas y cayó dentro de una sucia charca.
–¡Chiu! ¡Chiu! ¡El pequeño se ha caído! –chillaron los monos.

Berni se hundía en el fango e intentó nadar. Pero no lo lograba porque se le enredaban las lianas. Pateó, quiso chillar y pedir ayuda, pero no lo consiguió: sólo se oía un burbujeo y un ruido de pompas de agua. Agitó, asustado, su trompita y, al final, pensó: «Esto se ha terminado».

Entonces notó que lo cogían y que alguien lo sacaba de la charca. Tosió y escupió. Sus ojos, sus orejas, su nariz estaban llenos de agua sucia. Y todo él estaba envuelto, de pies a cabeza, en lianas verdes.
–Pero ¿qué tonterías haces, pequeño bichejo verde? –le preguntó una voz. Berni pestañeó para limpiarse los ojos del agua pantanosa, y se pegó un susto monumental: de pie, delante de él, había un elefante muy viejo y muy grande.
«¡Es él!», pensó Berni temblando de miedo.
–¡Estáte quieto, pequeñajo! –dijo el viejo–. Si no, no te podré limpiar. Pasaba su trompa sobre Berni y le iba quitando las hierbas.
Berni seguía temblando.«Pero si es él –pensó–;me tendría que haber hundido en la charca en vez de sacarme.A lo mejor no es él».

Berni dejó de tiritar y se quedó quieto, hasta que el viejo elefante le quitó la última liana y le dijo: –¡Ahora ya pareces, otra vez, un elefante! Pasó su trompa alrededor de Berni, lo levantó y lo empezó a columpiar:
«Arriba, abajo, adelante, atrás, así descansarás».

A Berni le gustaba el balanceo:
«Arriba, abajo, adelante, atrás, así descansarás».
«No, seguro que no es él», pensó el pequeño.

El viejo lo volvió a dejar sobre la hierba y le dijo:
–¿Nadie te ha dicho que no se debe correr a lo loco? ¿Adonde querías ir?
–Al río –dijo Berni–. Al bebedero.
–¿Tienes sed?

Berni negó con la cabeza. Había tragado tanta agua sucia que se le había ido la sed. Pero hambre sí que tenía: El viejo levantó su trompa y Berni volvió a temblar
«¡PUES SÍ QUE ES ÉL! Ahora me agarra, y me lanza sobre los árboles».

Pero la trompa sólo agarró el árbol del plátano y bajó las ramas para que Berni pudiera coger los plátanos. ¡Unos preciosos plátanos, grandes y amarillos!
–¡Y yo que pensaba que me ibas a tirar a los árboles! –dijo Berni.
–¿A los árboles? ¿Para qué?–preguntó el viejo–. ¡Qué tontería!
Berni se le arrimó mucho y le susurró: –¡No es ninguna tontería! ¡En el bosque hay uno que sí lo hace!
Patea a los elefantitos, o los tira al aire, o los empuja a la charca.Y, si pudiera, se los comería a todos.
–Ya veo, ya veo... –murmuró el viejo elefante.
–Es espantosamente grande –susurró Berni–.Y terriblemente fuerte. Y monstruosamente malo. Y..
–Resumiendo: que es un monstruo, ¿verdad? –le interrumpió el viejo–. Ya veo, ya veo...
 
Entonces le preguntó a Berni si ya no tenía más hambre y si quería volver con su manada.
–Sí –dijo Berni–, las tías elefantas ya estarán preocupadas.
Abrazó con su trompita la trompa grandota.
–¿Me enseñas el camino?
El viejo lo guió a través de la jungla. Le
ayudó a saltar las raíces, apartó las ramas y rompió las lianas, para que Berni caminase más cómodo.
Berni miraba para arriba, a los árboles. Hubiera deseado que estuvieran allí los monos y el perezoso, y la pantera, y que todos vieran el amigo tan grande que tenía.
–Sería mejor que no miraras hacia arriba –dijo el viejo–. Los despistados caen en las trampas para elefantes, o se meten en las redes. ¿No te hablaron nunca tus tías de las trampas y las redes con las que los humanos nos cazan?
–¡Claro que sí! –dijo Berni–.
¡Hay que ver lo que hacen los hombres! Trampas, y redes... –¡...y cajas zumbantes! –dijo el viejo–. Veloces cajas zumbantes.
Los humanos se meten dentro de ellas con unos palos detonantes que cogen con sus patas delanteras.
De esos palos salen unas cosas chispeantes que te agujerean la piel...
–¿Y eso es malo? –preguntó Berni.
–¡Muy malo!–contestó el viejo–.
Los hombres han abierto un sendero muy ancho a través de la selva. Allí zumban las cajas zumbantes,y detonan los palos detonantes, y chispean las cosas chispeantes...
Berni escuchaba atentamente y prometió que no iría nunca al sendero de los humanos.
–Eres muy listo –dijo el viejo.
Los dos habían caminado todo el rato,el uno junto al otro. Pero ahora estaban tan juntos los árboles que el viejo tenía que ir delante.
Berni iba pegado a él por detrás, y miraba al suelo, por si acaso había alguna trampa para elefantes.
Caminando así, podía ver cómo, delante de él, subían y bajaban las patazas
del viejo elefante.
¡Y de repente vio la cadena! ¡ASÍ PUES, SÍ ERA ÉL!

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