|
Camila tenía un pequeño problema. "Si me siento
debajo de la escalera y pienso, lo puedo resolver en un ratito". Se
acomodó debajo de la escalera que daba al jardín y pensó un ratito y
otro más. Entonces se dio cuenta de que entre más pensaba, más grande se
hacía el problema.
Se trataba de hacerle un regalo de cumpleaños a su mamá. Quería hacerle
un regalo bonito y muy alegre, que la pusiera contentérrima. Eso no era
problema porque a su mamá le encantaban las cosas locas que a Camila se
le ocurrían y, además, ya sabía que si se usaba un poco de pintura
amarilla y otro poco de rojo y de verde, su mamá diría: "¡Qué alegre
es!"
A lo mejor necesitaba comprar algunas cosas, pero eso tampoco era el
problema porque había ahorrado sus domingos durante tres semanas.
Pensó en los últimos regalos que le había hecho a su mamá:
Por Navidad le tejió una bufanda larga, larga, larga con rayas de todos
colores que su mamá no se quitó en dos semanas, pero una mañana en que
salió el sol, se la quitó y la perdió.
El día de su santo le hizo un llavero rojo de resina. Fernanda, su mejor
amiga, le enseñó a hacer los moldes. Hizo una "A" muy grande (el nombre
de su mamá empieza con A). A su mamá le encantó. "Así ya no voy a perder
las llaves", dijo, y las puso en el llavero nuevo. Se fueron al parque a
andar en bicicleta y cuando regresaron tuvieron que llamar al cerrajero
para abrir la puerta porque se habían perdido las llaves, con llavero y
todo.
Y es que éste era el problema, su mamá perdía todo:
Perdía las llaves, perdía la canasta del mandado cuando iba al mercado,
perdía aretes, papeles importantes y papeles insignificantes, la tapa de
la pasta de dientes, su anillo de bodas, las hombreras de su suéter
favorito y, una vez, hasta perdió una cebolla cuando estaba cocinando.
Lo peor de todo era que cuando su mamá perdía esas cosas, también perdía
otras más importantes: el tiempo, la paciencia y el buen humor.
El problema de Camila era encontrar un regalo bonito, alegre, divertido,
barato y que
NO SE PUDIERA PERDER. |