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EL CUENTO DE LAS MENTIRAS

Cuento Popular Egipcio

El visir entregó luego el martillo y el clavo al hombre y entró con él en el salón. El pescador clavó el clavo en el piso, sujetó el hilo del huso y comenzó a tirar a derecha y a izquierda.

 
 
 

Fue así como una valiosa alfombra de seda cubrió el piso por completo. Era tan fina y brillante que el rey empalideció de envidia porque en todo su palacio no había otra igual.

El visir, estupefacto, dijo:

–Esto lo has logrado, oh pescador, pero el rey quiere pedirte otra cosa: desea que le traigas un niñito de ocho días que le cuente un cuento que empiece y termine con una mentira.
–¿Conoces tú, oh visir, un niñito de ocho días que sepa hablar? –preguntó indignado el pescador–. Ni siquiera el hijo del Diablo sabe hablar a los ocho días, y menos contar un cuento.
–Es inútil discutir –respondió el visir– El rey lo quiere así. Tienes ocho días de plazo.
El pescador, furioso, regresó a su hogar y contó lo ocurrido a su esposa.
– No te preocupes ahora por eso –le respondió ella –. Ocho días es mucho tiempo.
Cuando llegó la mañana del octavo día el pescador dijo a su mujer:
– Hoy es el día. ¡Por Alá! ¿Qué haremos ahora?
– Vé otra vez al aljibe que está debajo del olivo y dí: "Badwia, tu hermana te saluda y te pide el niño que nació ayer porque lo necesitamos con urgencia".
– Y¿Tú tambièn eres tan tonta como el visir? Ni el hijo del Diablo sabe hablar una palabra después de tan sólo ocho días –gritó el pescador–. ¡Y tú me hablas de niñito de un día!
–Vé y haz lo que te dije –le ordenó con firmeza su mujer.

Mientras el pescador se dirigía al aljibe, pensaba: "Hoy es mi último día en este mundo". Y se puso muy triste. Cuando llegó al lugar indicado hizo lo que su mujer le había dicho. Una mano salió del pozo, le alcanzó el niño y una voz le dijo desde la profundidad: "Pronuncia el nombre de Alá sobre él".
–En nombre de Alá, el bondadoso y compasivo –dijo el pescador, y regresó a su casa con el niño. Por el camino le dijo a la criatura:
–Habla, así puedo estar seguro de que no moriré.
Pero el niño comenzó a llorar como cualquier niño. Entonces el pescador pensó: "Mi mujer y el visir se han aliado para matarme Cuando llegó a la casa, dijo a los gritos a su esposa:
–¡Aquí está el niño, pero no dice nada!
Ella respondió:
–Llévalo ante el rey y el visir, allí hablará. Pide tres almohadas; siéntalo en el medio del diván y colócale una almohada debajo del brazo derecho, otra debajo del brazo izquierdo y la tercera detrás de la espalda. Así hablará.

El pescador tomó nuevamente al niño y fue al palacio del rey. El visir salió a su encuentro, pero cuando comprobó que la criatura sólo lloraba ''buah... buah..." fue muy contento a ver al rey y le dijo:
–Por mi honor, acabaremos ahora con el pescador; el niño sólo dice "buah... buah..." como todos los niños. Llama a los jueces, sabios y jeques. Como este hombre no ha cumplido, podremos matarlo delante de todos y tendremos la ley de nuestro lado.

Una vez que toda la concurrencia se hubo reunido, el rey ordenó al pescador:
–Trae al niño para que nos cuente el cuento de las mentiras.
El hombre pidió las almohadas, los criados las trajeron. Cuando terminó de acomodar al niño, el rey preguntó:
–¿Es éste el que nos contará el cuento?
Y el niñito contestó:
– ¡Que la paz sea con todos!
Los invitados se extrañaron ante el saludo. El rey, balbuceando, saludó a su vez y le ordenó:
–Bien, niño, cuéntanos el cuento de las mentiras.
El niñito comenzó:

–En la flor de la juventud abandoné la ciudad al calor del mediodía. Me encontré con un vendedor de melones y le compré uno por un dinar. Lo corté en pedazos y en su interior descubrí una gran ciudad con bazares multicolores, suntuosos palacios y mezquitas. Me interné en el melón y admiré los edificios. Tambièn vi gente de muchas razas. Caminé mucho, tanto que alcancé las afueras de la ciudad. Llegué a campos. Allí encontré una palmera
que tenía unos dátiles de un metro. Como tenía hambre, me trepé al árbol para comer alguno. Cuando llegué arriba vi que muchos campesinos sembraban y cosechaban el trigo sobre las hojas. Comí un poco y luego bajé y seguí caminando. Entonces encontré a otro campesino que partía gran cantidad de huevos sobre el borde de un jarrón de piedra. De ellos salían infinidad de pollitos. Las gallinas volaban hacia la izquierda y los gallos hacia la derecha. Seguí caminando y me topé con un burro que llevaba tortitas de sésamo sobre el lomo. Corté un pedacito de una y me lo comí. Enseguida volví a encontrarme fuera del melón, que se cerró totalmente hasta quedar tal cual como yo lo había comprado.

–¡Basta ya de mentiras! –exclamó el rey muy enojado–. ¿Dónde se ha visto una ciudad dentro de un melón? ¿Y quién ha oído hablar de pollitos que salen de un huevo con sólo cascarlo?

–¡Pero mi rey! Tu deseo era que te contara un cuento lleno de mentiras. ¿O es que acaso planeabas matar al pescador para quedarte con su hermosa mujer? ¡Es una vergüenza! Eres rey, sultán y jefe de los creyentes y te enamoras de la mujer de un pescador. ¡Por Alá! ¡Si no dejas en paz a este hombre, borraré tu cabeza de este mundo!

El rey se puso muy pálido y todos dirigieron su mirada hacia él. Entonces el pescador, aliviado, tomó al niño entre sus brazos y regresó feliz a su casa. Allí vivió con él y su mujer en armonía hasta la muerte.

Y el pájaro voló. Que tengas buenas noches.

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