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Todos los animalitos fueron a visitar al
pequeño ciervo, a quien su mamá puso el nombre de Bambi. El
cervatillo se estiró e intentó levantarse. Sus patas largas y
delgadas le hicieron caer una y otra vez. Finalmente, consiguió
mantenerse en pie.
Tambor se convirtió en un maestro para el
pequeño. Con él aprendió muchas cosas mientras jugaba en el
bosque.
Pasó el verano y llegó el tan temido invierno.
Al despertar una mañana, Bambi descubrió que todo el bosque estaba
cubierto de nieve. Era muy divertido tratar de andar sobre ella.
Pero también descubrió que el invierno era muy triste, pues apenas
había comida.
Cierto día vio cómo corría un grupo de ciervos
mayores. Se quedó admirado al ver al que iba delante de todos. Era
más grande y fuerte que los demás. Era el Gran Príncipe del
Bosque.
Aquel día la mamá de Bambi se mostraba
inquieta. Olfateaba el ambiente tratando de descubrir qué ocurría.
De pronto, oyó un disparo y dijo a Bambi que corriera sin parar.
Bambi corrió y corrió hasta lo más espeso del bosque. Cuando se
volvió para buscar a su mamá vio que ya no venía. El pobre Bambi
lloró mucho.
―Debes ser valiente porque tu mamá no volverá.
Vamos, sígueme― le dijo el Gran Príncipe del Bosque.
Bambi había crecido mucho cuando llegó la
primavera. Cierto día, mientras bebía agua en el estanque, vio
reflejada en el agua una cierva detrás de él. Era bella y ágil y
pronto se hicieron amigos.
Una mañana, Bambi se despertó asustado. Desde
lo alto de la montaña vio un campamento de cazadores. Corrió haciá
allá y encontró a su amiga rodeada de perros. Bambi le ayudó a
escapar y ya no se separaron más. Cuando llegó la primavera,
Falina, que así se llamaba la cierva, tuvo dos crías. Eran los
hijos de Bambi que, con el tiempo, llegó a ser el Gran Príncipe
del Bosque.
Si por el bosque has de pasear, no hagas a los
animales ninguna maldad. |